La copia como lugar de pensamiento

Por Diego Ontivero

El lenguaje, en su forma más amplia, establece las condiciones de posibilidad para entendernos mediante reglas que le son propias, pero hay componentes que lo desbordan y posibilitan el ingreso al terreno de la interpretación subjetiva. En el caso de la imagen visual, tales elementos operan de manera indistinta tanto en la figuración como la abstracción, porque se ubican detrás o, mejor dicho, antes de aquello que observamos a simple vista. Son las partes de una trama que, en su correspondencia, configura lo visible. Elementos que exceden y suspenden al tiempo, que nos dejan sin palabras.

Al estudiar algunas imágenes que me impresionan, intento desarmarlas con el fin de aproximarme a una parte de ese componente que me resulta emotivo y para eso, trato de anular el espacio físico que me separa de ellas. Es entonces cuando necesito servirme de alguna práctica y allí se presenta como alternativa viable el camino de la copia, en el sentido más apropiativo del término. En la copia existe un pensamiento que encuentra en su ejercicio el territorio para habitar por un instante aquella imagen que nos calla y ligarla a la experiencia, a través de la mirada y también de la memoria física.

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Cuando copiamos, nos alejamos de nuestro propio mundo para visitar lugares que nos impresionan desde afuera, territorios donde el camino es de otro y que a la vez nos determina. Es así que resulta necesario el intento de emprenderlos, para que revelen indicios de la materia que excede a nuestro propio lenguaje. Según Walter Benjamin, el componente de unicidad que poseen algunas imágenes se manifiesta en el aura, cualidad que las desborda y las torna irrepetibles.

Si bien resulta paradógico pensar que a través de la copia se pueda acceder a un elemento original, es mediante el ejercicio de la misma donde encontramos nuestra propia experiencia de la imagen y, particularmente, los elementos que la ligan a una serie temporal donde se conecta con otras. Entonces tal contradicción es aparente, porque de esa forma comprendemos algunos de los elementos que la ligan al pasado y a su devenir. Es el momento en que recuperamos la mirada que dejamos abandonada, alimentada por el resultado de la experiencia.

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La copia no es pretenciosa en materia de resultados objetivos, sino mas bien lo contrario, porque transita a los tumbos un camino ya recorrido y ajeno, pero en ese andar nos conecta con una forma entrañable. Algo similar ocurre en la niñez al momento de desarmar un juguete, donde más allá del dudoso resultado de la empresa, prima la experiencia de enfrentarnos con el objeto dispuesto a revelarnos una parte de su misterio.

El resultado de ambas experiencias nos permite develar una parte de aquello que es real y ajeno al mismo tiempo. El contacto con lo otro nos lega una experiencia que es parte del hilo del que se apropia nuestra historia. En la copia hay un préstamo, porque renunciamos a lo propio para aventurarnos en un terreno desconocido y este, a cambio, nos ofrece una experiencia.

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Diego Ontivero es dibujante, diseñador y docente universitario. 
Nació en 1979, en Buenos Aires, ciudad donde vive y trabaja.