Tokio. La rutina del experimento

Por Santiago Idelson

Hice tres viajes de un mes a Tokio y podría decir que es la ciudad que más me gusta en el mundo. Estudié un año de japonés: esta vez la experiencia me es un poco más descifrable. Nunca llegaría a ser un verdadero local y sin embargo encajo perfectamente.

Me siento a gusto con su actitud calma, detallista y amable. Me molesta toparme con extranjeros

de barba y mochila, torpes y groseros para con el ritual local. En otras palabras: me molesto con los iguales a mí.

Esta vez el turismo es alejado del turismo, apunto al callejón, a las macetas y jardinería pública en las puertas de las casas, a una barra de ramen con gente comiendo sola y conversando con el cocinero, al chofer de un tren diciendo el nombre de cada estación por el micrófono, casi de manera charlada.

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Aún conociendo un poco más que antes sigo raspando la cáscara de los secretos todavía indescifrables, la curiosidad de saber qué hay atrás de cada cortina.

Tokio es una ciudad de nichos infinitos, se puede encontrar locales especializados en casi absolutamente cualquier tema, ser coleccionista o emprenderlo todo. La especialización, detalle y variedad es mayor a cualquier otro lugar y puede producir ansiedad y demencia en una persona con intereses variados.

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Este viaje es un poco más largo, de nutrición infinita para mi trabajo audiovisual.

El registro fotográfico más querido es el menos estridente, el de la rutina de este experimento de vivir en Tokio

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De profesión director audiovisual, reparto las horas profesionales con intereses diversos como el cine, la escritura y la fotografía. Participé en el festival Internacional Artfutura como jurado de cortos de animación y en INCAA seleccionando proyectos en concurso para desarrollo. Dirigí una serie documental sobre comidas, y otra de ciencias para chicos, que tambien guioné.